martes, 27 de septiembre de 2016
Otra historia donde termino lloriqueando
Siempre le gustó la lectura. No tanto leer, pero sí que yo leyera para ella escuchar lo que tenía que decir sobre lo que, al tiempo, vivíamos, ¿sabes?
Vivíamos en un piso veintitrés, y digo vivíamos porque no sé en qué momento me colé tras la puerta y me puse a fumar en el balcón del ventanal que daba al sur, al edificio con una azotea rodeada de vidrios y donde a veces, los fines de semana, hacían fiestas descomunales con luces de colores y nosotros los mirábamos bailar apoyados en la baranda con un cigarro, Pall Mall, lo recuerdo, entre los dedos helados porque hacía frío, y me quedé ahí para despertar al lado de ella.
Siempre había bulla, oye, porque era la consecuencia de vivir cerca de la Alameda y a metros de una botillería y, al frente de esta, un local bien chico, hay que decirlo, de pollos asados condimentados hasta el hastío. Nos amábamos, ¿sabes?, nos amábamos, no sabes cuánto, por las recresta.
Éramos tan chicos, eso sí, tan poco consecuentes.
Nos matamos el uno al otro.
Vivíamos en una especie de utopía solo vista antes en teleseries de mierda, de esas de la hora de almuerzo en la tele, pero era real y fantástico y poco creíble, tanto así que lo disfrutábamos a la hora de comer, al fumar, incluso al discutir porque Romeo y Julieta eran pergenios si los comparábamos con esta historia que trato de contarte. Y, viendo el avance, será difícil resumirlo.
Estábamos en un piso veintitrés, ¿lo dije?, bien.
Nunca antes el cocinar un paquete de fideos se había vuelto tan místico. Nunca un llanto en el hall de un edificio había sido tan duro y jamás el hacer la hora para que el hermano de ella saliera del departamento había resultado en una acumulación de adrenalina tan grande.
Loco, si me hubieran pedido la vida, yo por ella la daba, así sin más, sin reclamos, sin dudas. Me tiraba al metro incluso, por verla reír. Es que si hubieras sido tú el que veía esa risa de labios chiquititos, de dientes grandes y brillantes, también te enamorabas. Era un resplandor que te cagaba, mi amigo.
Mira, nos caímos en gracia cuando yo volvía de Viña con una maletita cargada de cosas clínicas que yo no entendía ni quería entender -muestras de caca, de pichí, exámenes, radiografías y esas cosas -y nos encontramos en la puerta del trabajo que compartíamos. Como siempre, ella estaba fumando y yo sin que ella se interesara en mi compañía, saqué un cigarro y me puse a su lado. Ese mismo día planeamos el mundo que se nos venía, sin pensar en consecuencias ni mierdas. Nos tiramos, de una.
No podíamos decir nada en el trabajo, ni que nadie nos viera aunque a mi en la bodega me tenían más que fichado, ¿sabes?, ja ja, es que mi tío no era hueón y los compañeros tampoco. ¿Qué andai hueviando a esta hora, si tú saliste hace rato? me preguntaron una vez cuando, siendo diez para las ocho, me vieron sentado afuera.
Es que habían semanas en que ella salía a las ocho, y yo siempre terminaba a las seis, y me iba por ahí a caminar, a escuchar a los cabros que tocaban violines y clarinetes, a pasearme por las escaleras del portal Lyon o lo que fuera para hacer la hora y volvía siempre diez minutos antes para estar en la puerta cuando ella saliera y me viera, y me sonriera con esos dientes de conejo que me gustaban tanto.
Sí, loco, me gustaban. Son cosas que uno termina haciendo cuando se involucra, o eso creo.
Detalles, le llama la gente.
La vida, a veces le digo yo. Para darle un poco más de color nomás, eso sí, ja ja.
Siempre lloramos harto. Éramos bien dados a las lágrimas. Otra cosa que me gustaba mucho.
Creo que nunca volví a llorar como lo hacíamos con ella.
Pero es que eso de que tu familia te haga el vacío porque mantienes una relación con alguien es, por decir algo, bastante cruel. ¿Y qué podías hacer? Sí, llorar y vaciar el alma. O fumar, también servía. O follar a gritos y caricias profundas, eso servía más aún, te lo aseguro que sí. El mundo se olvidaba, incluso los ruidos de la construcción del edificio que se empezó a levantar al lado del ventanal se hacían mudos cuando nos sacábamos la ropa y nos hacíamos desde el odio hasta el amor en la cama. Era toda una aventura, mi amigo, si que sí.
Las fotos siempre tuvieron una preponderancia bastante grande en todo esto.
Y es que por una foto, hueón, estoy metido en esto ahora.
Antes de ayer la encontré ordenando la pieza que tengo acomodada como laboratorio. Metí las manos en un cartón y, entre los muchos papeles, tomé el más grande y lo saqué a ciegas de la caja y la vi. ¿Que cómo es? Rectangular, en blanco y negro.
Son sus piernas, una parte del computador, la cama, la caja metálica para guardar los cigarros y uno o dos cojines escondiéndola para no verle el rostro. Es que no sé si aguantaría, ahora, verle la cara, amigo mío, pues sigue siendo un recuerdo tan lindo que no sé si me da el corazón para darle la vista de frente. Digo, con eso de no querer cagarla, mejor lo mantengo así. ¿O no?
En fin.
La historia siguió con muchas fotos, muchos cigarros, muchísimos fideos y cafés, peleas siempre, abrazos muchos.
Siempre le dije que me gustaba algo muy marcado y muy rutinario. Llegaba a la puerta, golpeaba o tocaba el timbre, no recuerdo eso, me abría la puerta y me decía: Hola, ¿cómo te fue? Santo díos, hueón, era el puto paraíso.
Se me fue a la mierda el Edén, hermano.
Con los años las lágrimas se nos fueron para personas distintas. Y que bien, decía, que así sea. Es la vida. ¿Verdad?
Nos encontramos de vuelta en el pasaje del Jota Cruz en Valparaíso. Ella se veía bien, no sé si feliz, o no sé si no me gusta reconocerlo, pero se veía bien. Yo andaba cansado, lleno de tierra en la ropa como en los pulmones. Había bajado de los cerros quemados en Valparaíso con mi jefa.
¿Cómo fue? Corrió y me abrazó, o eso quiero recordar, y me presentó a José a quién saludé con una sonrisa y le dije que era un placer conocerlo, una verdadera alegría.
Me han hablado de ti, me dijo, y puse cara de hueón.
Le di un beso en la cara cuando el alma se me carcomía por dejar la cagada y besarla en la boca y tomarla de la mano, como muchas veces, y llevarla a caminar al futuro incierto que hasta hoy en día cargo. La dejé y me fui a comer.
Sí, hubo otra vez pero ella me dijo que no se dio cuenta, entonces, no sé si vale contarlo. Fue casi accidentado. Entraba para sacar plata en un cajero en una de estas megaferreterías, al lado del metro Ñuble, y sólo fui porque en el almacén no tenían sistema para pagar con la tarjeta los dos panes con leche con chocolate que me había comprado para desayunar esa mañana en la oficina del diario. En eso que entraba, entró una camioneta, rajada, y cuando levanto la cabeza con esa cara de mierda que pongo cuando me dispongo a putear, la veo a ella como copiloto. ¿Qué iba a hacer, hueón? ¿Garabatear porque casi me atropellan? Ni cagando, ni cagando.
Salí cabeza gacha para que él no me viera pues, hasta donde tenía conocimiento, ya había salido mi nombre en algunas de sus peleas.
Subía a sus gemelos al coche y tenía el pelo mojado. La vi, entonces, saliendo de la ducha, abriéndose la toalla y mostrándome algún lunar o algún rasguño que no se había visto. Sentí el olor del champú y hasta le acaricié la piel desnuda como solía hacerlo cada vez que se metía al baño y salía al dormitorio y yo seguía ahí. Le hice el amor en un estacionamiento, compadre, tal como se lo hacía al salir de la ducha un domingo por la mañana en la cama del dormitorio del piso veintitrés.
Nada, no voy a hacer nada. No puedo, tampoco tengo el ánimo de andar recogiéndome en pedazos, otra vez, por meterme donde no me llaman.
El otro mes se casa.
jueves, 15 de septiembre de 2016
Paradero dieciocho
Parte 1
Después del ajetreo del día, me senté a un costado del persa del dieciocho a comerme un palta mayo con coca cola porque el hambre ya me rajaba la guata. Extrañamente era la primera vez en ese lugar tras 27 años de callejeos por los alrededores. Son dos locales separados por un latón azul y yo me senté en el que tenía menos personas para que la atención fuera más rápida. Y lo fue.
Junto con el primero de los dos palta mayo, llegó un sujeto de barba cochina y pantalones con el cierre abajo, recitando una canción que en el coro decía: Son de amores, amores que matan.
Continuó con la de Gervasio, recitando torpemente una pala y un sombrero, alargando hasta el tedio las últimas sílabas de cada verso, y entre la bicicleta al sol se acordó de Victor Jara y recitó, no de mejor manera, que me levantara y mirara la montaña de donde venía el viento, el sol y el agua, amén, amén, amén.
-¿Cómo canto? -preguntó con los brazos levantados y sonriendo.
-Como el hoyo -le respondió de un grito una de las meseras del local de al lado.
-Ahora voy a recitar un poema -dijo, pero se acordó que tenía que pedir monedas y, levantando otra vez los brazos, comenzó a recoger chauchas por entre las mesas de aquí y de allá, vociferando que tenía esquizofrenia.
-No tengo -le dije, cuando me tomó del brazo y me dijo, -dame cien o te mato-.
Parte 2
Cuando escapé del asesinato que el esquizofrénico me ofreció -por un precio tan barato que me pareció, más que una broma, un insulto- abrí el libro de Bolaño que ando leyendo, para darme un descanso y hacer espacio para terminar lo que quedaba del segundo palta mayo, y como me ha pasado desde que comencé con esa lectura, me distraje con la gente, con el ruido, con el recuerdo de lo que no sé si fue una pesadilla o fue real anoche cuando no podía dormir y tenía la vista distorsionada y las paredes se me movían y el cuerpo me empezó a temblar sin control.
Me puse a mirar a la gitana vieja que pedía monedas a los comensales del local de al lado, el que estaba al otro lado del latón azul, y escuché y vi de nuevo a la mesera gritona que ahora echaba a la gitana.
-¿Empezaste otra vez, vieja? Ya, te fuiste a hueviar a otro lado.
Recordé, entonces, los consejos de la Carola California, que me dijo que no debía aceptar la suerte de ninguna otra gitana ni tampoco regalar monedas o lo que fuera a cualquier gitana o gitano que me lo pidiera, aunque fuera por buena voluntad.
Esperé, entonces, a que la vieja llegar al lado mío para negarme, como con el esquizofrénico, a darle una chaucha.
Le di unas mascadas al pan con vienesa, palta, mayo y harto ketchup, y tomé un sorbo de la lata de coca cola, cuando miré por encima de mi hombro derecho y vi una boca con encías negras llenas de hoyos, evidenciando que, en algún tiempo, cientos de años atrás, en esos espacios hubieron dientes. Me miró con ojos secos, como uno de esos cardos al costado del camino de tierra en Nuevo Horizonte, allá en Paine, y me pidió, paisanito lindo, una moneda.
-No tengo -le dije, y balbuceó algo que reconocí como una maldición.
Me acordé, al momento, de mi vieja gitana querida y ciega, la mamá de la Carola, la Dayanna, quién me dijo que, si alguna vez una gitana me maldecía, continuara con mi camino tranquilo porque las gitanas no pueden maldecir, eso es una mala costumbre que han ido agarrando con el paso del tiempo y el buen amor a la plata, pero es imposible que una maldición gitana fuera efectiva porque la Santa Sara es puro amor y ellas fueron hechas para bendecir y no para lo contrario.
-¿Cómo fue lo que me dijo? -le pregunté en voz alta, y mi intención fue correspondida por los otros que comían pues, se hizo un silencio y todos miraron esperando la respuesta de la veterana.
-Que no le falte nunca el dinero, mijito -me respondió la vieja, sabiendo ambos que no había sido eso lo proferido.
Me di la vuelta y me tragué lo que me quedaba del palta mayo.
Tomé otra vez el libro, decidido, esta vez, a darme diez minutos para leer algo más. Me quedaba el concho de la coca cola en la lata, ese concho de mierda que nunca sale y me lo empiné hasta tragar lo que creí, fuera la última gota.
-Un monedita, paisanito lindo, oiga -volvió a pedirme la vieja.
-¿No le acabo de decir que no tengo, viejita linda? -le respondí, amable.
-Que no tengas y nunca jamás tengas -volvió a maldecir, esta vez con voz más clara.
-Te escuché, oye, y acuérdate que la Santa Sara te va a retar por andar maldiciendo, más aún a los que están comiendo. Deblea -le dije para ya terminar con ella y poder pararme a pagar la cuenta, sin avanzar una puta página en la cagá de libro.
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