jueves, 15 de septiembre de 2016

Paradero dieciocho


Parte 1

Después del ajetreo del día, me senté a un costado del persa del dieciocho a comerme un palta mayo con coca cola porque el hambre ya me rajaba la guata. Extrañamente era la primera vez en ese lugar tras 27 años de callejeos por los alrededores. Son dos locales separados por un latón azul y yo me senté en el que tenía menos personas para que la atención fuera más rápida. Y lo fue. 
Junto con el primero de los dos palta mayo, llegó un sujeto de barba cochina y pantalones con el cierre abajo, recitando una canción que en el coro decía: Son de amores, amores que matan. 
Continuó con la de Gervasio, recitando torpemente una pala y un sombrero, alargando hasta el tedio las últimas sílabas de cada verso, y entre la bicicleta al sol se acordó de Victor Jara y recitó, no de mejor manera, que me levantara y mirara la montaña de donde venía el viento, el sol y el agua, amén, amén, amén.
-¿Cómo canto? -preguntó con los brazos levantados y sonriendo.
-Como el hoyo -le respondió de un grito una de las meseras del local de al lado.
-Ahora voy a recitar un poema -dijo, pero se acordó que tenía que pedir monedas y, levantando otra vez los brazos, comenzó a recoger chauchas por entre las mesas de aquí y de allá, vociferando que tenía esquizofrenia. 
-No tengo -le dije, cuando me tomó del brazo y me dijo, -dame cien o te mato-.

Parte 2

Cuando escapé del asesinato que el esquizofrénico me ofreció -por un precio tan barato que me pareció, más que una broma, un insulto- abrí el libro de Bolaño que ando leyendo, para darme un descanso y hacer espacio para terminar lo que quedaba del segundo palta mayo, y como me ha pasado desde que comencé con esa lectura, me distraje con la gente, con el ruido, con el recuerdo de lo que no sé si fue una pesadilla o fue real anoche cuando no podía dormir y tenía la vista distorsionada y las paredes se me movían y el cuerpo me empezó a temblar sin control.
Me puse a mirar a la gitana vieja que pedía monedas a los comensales del local de al lado, el que estaba al otro lado del latón azul, y escuché y vi de nuevo a la mesera gritona que ahora echaba a la gitana.
-¿Empezaste otra vez, vieja? Ya, te fuiste a hueviar a otro lado.
Recordé, entonces, los consejos de la Carola California, que me dijo que no debía aceptar la suerte de ninguna otra gitana ni tampoco regalar monedas o lo que fuera a cualquier gitana o gitano que me lo pidiera, aunque fuera por buena voluntad.
Esperé, entonces, a que la vieja llegar al lado mío para negarme, como con el esquizofrénico, a darle una chaucha.
Le di unas mascadas al pan con vienesa, palta, mayo y harto ketchup, y tomé un sorbo de la lata de coca cola, cuando miré por encima de mi hombro derecho y vi una boca con encías negras llenas de hoyos, evidenciando que, en algún tiempo, cientos de años atrás, en esos espacios hubieron dientes. Me miró con ojos secos, como uno de esos cardos al costado del camino de tierra en Nuevo Horizonte, allá en Paine, y me pidió, paisanito lindo, una moneda.
-No tengo -le dije, y balbuceó algo que reconocí como una maldición.
Me acordé, al momento, de mi vieja gitana querida y ciega, la mamá de la Carola, la Dayanna, quién me dijo que, si alguna vez una gitana me maldecía, continuara con mi camino tranquilo porque las gitanas no pueden maldecir, eso es una mala costumbre que han ido agarrando con el paso del tiempo y el buen amor a la plata, pero es imposible que una maldición gitana fuera efectiva porque la Santa Sara es puro amor y ellas fueron hechas para bendecir y no para lo contrario.
-¿Cómo fue lo que me dijo? -le pregunté en voz alta, y mi intención fue correspondida por los otros que comían pues, se hizo un silencio y todos miraron esperando la respuesta de la veterana.
-Que no le falte nunca el dinero, mijito -me respondió la vieja, sabiendo ambos que no había sido eso lo proferido. 
Me di la vuelta y me tragué lo que me quedaba del palta mayo.
Tomé otra vez el libro, decidido, esta vez, a darme diez minutos para leer algo más. Me quedaba el concho de la coca cola en la lata, ese concho de mierda que nunca sale y me lo empiné hasta tragar lo que creí, fuera la última gota.
-Un monedita, paisanito lindo, oiga -volvió a pedirme la vieja.
-¿No le acabo de decir que no tengo, viejita linda? -le respondí, amable.
-Que no tengas y nunca jamás tengas -volvió a maldecir, esta vez con voz más clara.
-Te escuché, oye, y acuérdate que la Santa Sara te va a retar por andar maldiciendo, más aún a los que están comiendo. Deblea -le dije para ya terminar con ella y poder pararme a pagar la cuenta, sin avanzar una puta página en la cagá de libro.

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