martes, 27 de septiembre de 2016

Otra historia donde termino lloriqueando


Siempre le gustó la lectura. No tanto leer, pero sí que yo leyera para ella escuchar lo que tenía que decir sobre lo que, al tiempo, vivíamos, ¿sabes?
Vivíamos en un piso veintitrés, y digo vivíamos porque no sé en qué momento me colé tras la puerta y me puse a fumar en el balcón del ventanal que daba al sur, al edificio con una azotea rodeada de vidrios y donde a veces, los fines de semana, hacían fiestas descomunales con luces de colores y nosotros los mirábamos bailar apoyados en la baranda con un cigarro, Pall Mall, lo recuerdo, entre los dedos helados porque hacía frío, y me quedé ahí para despertar al lado de ella.
Siempre había bulla, oye, porque era la consecuencia de vivir cerca de la Alameda y a metros de una botillería y, al frente de esta, un local bien chico, hay que decirlo, de pollos asados condimentados hasta el hastío. Nos amábamos, ¿sabes?, nos amábamos, no sabes cuánto, por las recresta.
Éramos tan chicos, eso sí, tan poco consecuentes.
Nos matamos el uno al otro.
Vivíamos en una especie de utopía solo vista antes en teleseries de mierda, de esas de la hora de almuerzo en la tele, pero era real y fantástico y poco creíble, tanto así que lo disfrutábamos a la hora de comer, al fumar, incluso al discutir porque Romeo y Julieta eran pergenios si los comparábamos con esta historia que trato de contarte. Y, viendo el avance, será difícil resumirlo.
Estábamos en un piso veintitrés, ¿lo dije?, bien.
Nunca antes el cocinar un paquete de fideos se había vuelto tan místico. Nunca un llanto en el hall de un edificio había sido tan duro y jamás el hacer la hora para que el hermano de ella saliera del departamento había resultado en una acumulación de adrenalina tan grande.
Loco, si me hubieran pedido la vida, yo por ella la daba, así sin más, sin reclamos, sin dudas. Me tiraba al metro incluso, por verla reír. Es que si hubieras sido tú el que veía esa risa de labios chiquititos, de dientes grandes y brillantes, también te enamorabas. Era un resplandor que te cagaba, mi amigo.
Mira, nos caímos en gracia cuando yo volvía de Viña con una maletita cargada de cosas clínicas que yo no entendía ni quería entender -muestras de caca, de pichí, exámenes, radiografías y esas cosas -y nos encontramos en la puerta del trabajo que compartíamos. Como siempre, ella estaba fumando y yo sin que ella se interesara en mi compañía, saqué un cigarro y me puse a su lado. Ese mismo día planeamos el mundo que se nos venía, sin pensar en consecuencias ni mierdas. Nos tiramos, de una.
No podíamos decir nada en el trabajo, ni que nadie nos viera aunque a mi en la bodega me tenían más que fichado, ¿sabes?, ja ja, es que mi tío no era hueón y los compañeros tampoco. ¿Qué andai hueviando a esta hora, si tú saliste hace rato? me preguntaron una vez cuando, siendo diez para las ocho, me vieron sentado afuera.
Es que habían semanas en que ella salía a las ocho, y yo siempre terminaba a las seis, y me iba por ahí a caminar, a escuchar a los cabros que tocaban violines y clarinetes, a pasearme por las escaleras del portal Lyon o lo que fuera para hacer la hora y volvía siempre diez minutos antes para estar en la puerta cuando ella saliera y me viera, y me sonriera con esos dientes de conejo que me gustaban tanto.
Sí, loco, me gustaban. Son cosas que uno termina haciendo cuando se involucra, o eso creo.
Detalles, le llama la gente.
La vida, a veces le digo yo. Para darle un poco más de color nomás, eso sí, ja ja.
Siempre lloramos harto. Éramos bien dados a las lágrimas. Otra cosa que me gustaba mucho.
Creo que nunca volví a llorar como lo hacíamos con ella.
Pero es que eso de que tu familia te haga el vacío porque mantienes una relación con alguien es, por decir algo, bastante cruel. ¿Y qué podías hacer? Sí, llorar y vaciar el alma. O fumar, también servía. O follar a gritos y caricias profundas, eso servía más aún, te lo aseguro que sí. El mundo se olvidaba, incluso los ruidos de la construcción del edificio que se empezó a levantar al lado del ventanal se hacían mudos cuando nos sacábamos la ropa y nos hacíamos desde el odio hasta el amor en la cama. Era toda una aventura, mi amigo, si que sí.
Las fotos siempre tuvieron una preponderancia bastante grande en todo esto.
Y es que por una foto, hueón, estoy metido en esto ahora.
Antes de ayer la encontré ordenando la pieza que tengo acomodada como laboratorio. Metí las manos en un cartón y, entre los muchos papeles, tomé el más grande y lo saqué a ciegas de la caja y la vi. ¿Que cómo es? Rectangular, en blanco y negro.
Son sus piernas, una parte del computador, la cama, la caja metálica para guardar los cigarros y uno o dos cojines escondiéndola para no verle el rostro. Es que no sé si aguantaría, ahora, verle la cara, amigo mío, pues sigue siendo un recuerdo tan lindo que no sé si me da el corazón para darle la vista de frente. Digo, con eso de no querer cagarla, mejor lo mantengo así. ¿O no?
En fin.
La historia siguió con muchas fotos, muchos cigarros, muchísimos fideos y cafés, peleas siempre, abrazos muchos.
Siempre le dije que me gustaba algo muy marcado y muy rutinario. Llegaba a la puerta, golpeaba o tocaba el timbre, no recuerdo eso, me abría la puerta y me decía: Hola, ¿cómo te fue? Santo díos, hueón, era el puto paraíso.
Se me fue a la mierda el Edén, hermano.
Con los años las lágrimas se nos fueron para personas distintas. Y que bien, decía, que así sea. Es la vida. ¿Verdad?
Nos encontramos de vuelta en el pasaje del Jota Cruz en Valparaíso. Ella se veía bien, no sé si feliz, o no sé si no me gusta reconocerlo, pero se veía bien. Yo andaba cansado, lleno de tierra en la ropa como en los pulmones. Había bajado de los cerros quemados en Valparaíso con mi jefa.
¿Cómo fue? Corrió y me abrazó, o eso quiero recordar, y me presentó a José a quién saludé con una sonrisa y le dije que era un placer conocerlo, una verdadera alegría.
Me han hablado de ti, me dijo, y puse cara de hueón.
Le di un beso en la cara cuando el alma se me carcomía por dejar la cagada y besarla en la boca y tomarla de la mano, como muchas veces, y llevarla a caminar al futuro incierto que hasta hoy en día cargo. La dejé y me fui a comer.
Sí, hubo otra vez pero ella me dijo que no se dio cuenta, entonces, no sé si vale contarlo. Fue casi accidentado. Entraba para sacar plata en un cajero en una de estas megaferreterías, al lado del metro Ñuble, y sólo fui porque en el almacén no tenían sistema para pagar con la tarjeta los dos panes con leche con chocolate que me había comprado para desayunar esa mañana en la oficina del diario. En eso que entraba, entró una camioneta, rajada, y cuando levanto la cabeza con esa cara de mierda que pongo cuando me dispongo a putear, la veo a ella como copiloto. ¿Qué iba a hacer, hueón? ¿Garabatear porque casi me atropellan? Ni cagando, ni cagando.
Salí cabeza gacha para que él no me viera pues, hasta donde tenía conocimiento, ya había salido mi nombre en algunas de sus peleas.
Subía a sus gemelos al coche y tenía el pelo mojado. La vi, entonces, saliendo de la ducha, abriéndose la toalla y mostrándome algún lunar o algún rasguño que no se había visto. Sentí el olor del champú y hasta le acaricié la piel desnuda como solía hacerlo cada vez que se metía al baño y salía al dormitorio y yo seguía ahí. Le hice el amor en un estacionamiento, compadre, tal como se lo hacía al salir de la ducha un domingo por la mañana en la cama del dormitorio del piso veintitrés.
Nada, no voy a hacer nada. No puedo, tampoco tengo el ánimo de andar recogiéndome en pedazos, otra vez, por meterme donde no me llaman.
El otro mes se casa.




jueves, 15 de septiembre de 2016

Paradero dieciocho


Parte 1

Después del ajetreo del día, me senté a un costado del persa del dieciocho a comerme un palta mayo con coca cola porque el hambre ya me rajaba la guata. Extrañamente era la primera vez en ese lugar tras 27 años de callejeos por los alrededores. Son dos locales separados por un latón azul y yo me senté en el que tenía menos personas para que la atención fuera más rápida. Y lo fue. 
Junto con el primero de los dos palta mayo, llegó un sujeto de barba cochina y pantalones con el cierre abajo, recitando una canción que en el coro decía: Son de amores, amores que matan. 
Continuó con la de Gervasio, recitando torpemente una pala y un sombrero, alargando hasta el tedio las últimas sílabas de cada verso, y entre la bicicleta al sol se acordó de Victor Jara y recitó, no de mejor manera, que me levantara y mirara la montaña de donde venía el viento, el sol y el agua, amén, amén, amén.
-¿Cómo canto? -preguntó con los brazos levantados y sonriendo.
-Como el hoyo -le respondió de un grito una de las meseras del local de al lado.
-Ahora voy a recitar un poema -dijo, pero se acordó que tenía que pedir monedas y, levantando otra vez los brazos, comenzó a recoger chauchas por entre las mesas de aquí y de allá, vociferando que tenía esquizofrenia. 
-No tengo -le dije, cuando me tomó del brazo y me dijo, -dame cien o te mato-.

Parte 2

Cuando escapé del asesinato que el esquizofrénico me ofreció -por un precio tan barato que me pareció, más que una broma, un insulto- abrí el libro de Bolaño que ando leyendo, para darme un descanso y hacer espacio para terminar lo que quedaba del segundo palta mayo, y como me ha pasado desde que comencé con esa lectura, me distraje con la gente, con el ruido, con el recuerdo de lo que no sé si fue una pesadilla o fue real anoche cuando no podía dormir y tenía la vista distorsionada y las paredes se me movían y el cuerpo me empezó a temblar sin control.
Me puse a mirar a la gitana vieja que pedía monedas a los comensales del local de al lado, el que estaba al otro lado del latón azul, y escuché y vi de nuevo a la mesera gritona que ahora echaba a la gitana.
-¿Empezaste otra vez, vieja? Ya, te fuiste a hueviar a otro lado.
Recordé, entonces, los consejos de la Carola California, que me dijo que no debía aceptar la suerte de ninguna otra gitana ni tampoco regalar monedas o lo que fuera a cualquier gitana o gitano que me lo pidiera, aunque fuera por buena voluntad.
Esperé, entonces, a que la vieja llegar al lado mío para negarme, como con el esquizofrénico, a darle una chaucha.
Le di unas mascadas al pan con vienesa, palta, mayo y harto ketchup, y tomé un sorbo de la lata de coca cola, cuando miré por encima de mi hombro derecho y vi una boca con encías negras llenas de hoyos, evidenciando que, en algún tiempo, cientos de años atrás, en esos espacios hubieron dientes. Me miró con ojos secos, como uno de esos cardos al costado del camino de tierra en Nuevo Horizonte, allá en Paine, y me pidió, paisanito lindo, una moneda.
-No tengo -le dije, y balbuceó algo que reconocí como una maldición.
Me acordé, al momento, de mi vieja gitana querida y ciega, la mamá de la Carola, la Dayanna, quién me dijo que, si alguna vez una gitana me maldecía, continuara con mi camino tranquilo porque las gitanas no pueden maldecir, eso es una mala costumbre que han ido agarrando con el paso del tiempo y el buen amor a la plata, pero es imposible que una maldición gitana fuera efectiva porque la Santa Sara es puro amor y ellas fueron hechas para bendecir y no para lo contrario.
-¿Cómo fue lo que me dijo? -le pregunté en voz alta, y mi intención fue correspondida por los otros que comían pues, se hizo un silencio y todos miraron esperando la respuesta de la veterana.
-Que no le falte nunca el dinero, mijito -me respondió la vieja, sabiendo ambos que no había sido eso lo proferido. 
Me di la vuelta y me tragué lo que me quedaba del palta mayo.
Tomé otra vez el libro, decidido, esta vez, a darme diez minutos para leer algo más. Me quedaba el concho de la coca cola en la lata, ese concho de mierda que nunca sale y me lo empiné hasta tragar lo que creí, fuera la última gota.
-Un monedita, paisanito lindo, oiga -volvió a pedirme la vieja.
-¿No le acabo de decir que no tengo, viejita linda? -le respondí, amable.
-Que no tengas y nunca jamás tengas -volvió a maldecir, esta vez con voz más clara.
-Te escuché, oye, y acuérdate que la Santa Sara te va a retar por andar maldiciendo, más aún a los que están comiendo. Deblea -le dije para ya terminar con ella y poder pararme a pagar la cuenta, sin avanzar una puta página en la cagá de libro.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Caducidad


Fue un día martes, si mal no recuerdo, cuando se fue caminando por Moneda hasta Brasil para esperar la micro que lo llevaba a la población donde ha vivido desde cabro chico. Miró la cajetilla de cigarros pero la guardó sin sacar uno. Probablemente - como varios que he conocido - sufre ese puto problema estomacal, unas ganas de cagar que te cagas, al fumar muy temprano por la mañana.
Llevaba el Putas Asesinas de Bolaño en la mano derecha, bien protegido por el puño apretando las tapas que se veían originales, y la firme decisión de verla nuevamente una vez que ella regresara del viaje.
Norteamérica está a una cantidad considerable de miles de kilómetros. No menor para alguien que sólo ha viajado una vez en un avión comercial, pagado por la empresa a la que le trabajaba cuando volvía del terremoto en Iquique, con una cámara de fotos y ni la mas remota idea de la historia que dibujaría tras salir esa mañana, sin voltear, prefiriendo darle los ojos al gato antes que a ella y cerrando de sopetón la puerta con el 915 clavado en la parte de arriba.
Siempre le gustó - aunque nunca se lo dijo, respetando el pacto de no sensibilizar las reuniones con emociones que, perfectamente podían haber sido sólo un espejismo producido por la excitación de cada encuentro - cuando ella le pedía caricias protectoras y se acostaba en su pecho buscando la mano que le acariciara el pelo. Siempre le gustaron sus lentes. Nunca le gustó la sucraloza - esa mierda echa a perder cualquier taza de té, por muy barato que éste sea, sépanlo - pero siempre se compensaba con un "¿veamos una serie?" que, era bien sabido, nunca llegaban a la mitad de algún capítulo.
Decidió verla, sí, una vez más cuando el viaje terminara y regresara a los parajes de mierda que tiene Santiago cerca del Liceo de Aplicación. Esas veredas de cemento levantadas por las raíces de los árboles que, a duras penas sobreviven entre lacrimógenas y bombas molotov de la revolución - o idea de revolución - que algunos tienen pero que nunca llega y el ataque masivo de autos, motos, micros, putas, putos con tetas, meados de borrachos y una que otra pelea a botellazos y golletes. Nadie sobrevive mucho tiempo.
La historia tampoco.
Tenían fecha de caducidad y ambos lo sabían.
Nada bueno podía salir de ahí. Nada bueno caduca. Nada con un bien como fin, termina.
Contra todo pronóstico, seamos sinceros desde la guata, hablando de esas verdades que son como vómitos explosivos, de esos que salen sin aviso previo, resultaron ser buenos para sí.
Digo, a partir de esa vez donde, sin haberse sacado la ropa, subido hasta con zapatos en la cama, la miró nervioso y, tartamudeando, balbuceó un "entonces, ¿te gustó?".
Sí le gustaba, por supuesto pues, a decir verdad, nunca fue un cualquiera, un completo desconocido, incluso la primera vez, esa donde lo esperaron con pollo frito con la cama como mesa de comedor y él, nervioso, reía mirando a Juan Carlos Bodoque hablar de alguna cosa relacionada con el medioambiente.
Sí le gustaba. A decir verdad, le gustaba. Sentir que alguien se interesaba, y no nos veamos la suerte entre gitanos, parientito, a cualquiera le gusta, más aún cuando te acarician el pelo o te piden un masaje en la espalda después de follar como si el mundo se estuviera acabando y no hubiera más alternativa que follar para terminar la vida en un orgasmo y no en un lamento. Se gustaban sin ropa, con poca ropa o vestidos para salir a madrugar en el invierno frío y seco de la ciudad que los albergaba. Se gustaban a cada beso con los labios resecos después de acabar.
A él le gustaba como ella miraba por entre los cristales de sus lentes. Le gustaba verla caminar al baño sin ropa, con ese metro ochenta y tantos, con un movimiento de culo que nunca fue capaz de explicar pero - y sigo con las verdades desde la guata - le encantaba. Le gustaba tanto ese modo de hablar tan pituco, tan resuelto, que cada vez que podía, daba una llamada por teléfono para gozarse al escucharla al otro lado de la línea.
Cuando ella, alcanzando el orgasmo, los orgasmos - otra cosa que a él le encantaba en ella, era esa virtud con la que alcanzaba orgasmos, uno tras otro, tres o cuatro en una misma vez - movía sus dedos dibujando círculos en su espalda, él imaginaba que lo estaban dibujando, pieza por pieza, vértebra por vértebra, hueso a hueso. Que lo iban armando. Algo así como una reconstrucción del espíritu que partía por la espalda. Por el hombro izquierdo. Pasaba por el cuello dibujando círculos, por el pelo, volvía a la espalda, bajaba al culo pálido y lampiño de él, subía otra vez al pelo, y terminaba, como punto final, con un apretón en algún lugar que, ya por estos días, cuesta recordar si era espalda, hombros, cuello o poto. Le gustaban esos gemidos a boca abierta. Le gustaba tirar el pelo de la nuca porque ella le había contado, confidencialmente, que eso la llevaba a un estado de placer poco experimentado por el resto del mundo y, la sinceridad se agradecía con un mechoneo. Eso sí, no era a cada momento y él lo sabía y lo supo, no sabe como, desde siempre. Habían momentos.
Casi una estructuración entre morder, mechonear, apretar el culo, volver a morder, volver al culo y lamer todo lo que se pudiera lamer y volver a la nuca con el puño firmemente cerrado mientras, firmemente se acariciaban en lo profundo.
Siempre le gustaron las flores dibujadas en su brazo y, cada vez que podía, las besaba con una ternura casi infantil que le remecía las entrañas a medida que, con los labios, iba acariciando el dibujo de ese antebrazo.
Sabiendo lo poco que quedaba para el viaje, comenzó, como en un juego, a mandar extractos de canciones que sabía que eran del gusto de ella. No quería escribir "que te vaya bien, te voy a extrañar, te estaré esperando" porque nada había sido así. No debía, entonces, caer en literalismos pérfidos.
No quería.
(El viaje fue por una cuestión que no es necesario explicar, no se necesita para contar esta historia, aunque, si se me permite, fue por fuerzas irrefutables a las cuales no se podía ni debía negar aunque quisiera.)
Un mes.

La espera terminaba cuando, por el teléfono, en un mensaje de texto, después de preguntar cómo estaba, recibía la noticia de que ya andaba en estos parajes de mierda. Santiago, nuevamente.
Fue su primera puñalada, ¿saben?
De pendejo anduvo metido en algunos problemas de pendejos que lo tuvieron con un cañón de nueve milímetros en la cabeza, otras, con choferes de micros, exasperados por los rayados a la máquina, persiguiéndolo con palos por Departamental cuando aún no existía el corredor para el Transantiago y, otras veces, con lumazos en el culo, cortesía de pacos culiados. Pero nada duele como una puñalada.
Ese ardor maricón y que quema a medida que avanza abriéndote la piel, capa por capa, hiriendo las entrañas y desgarrando el músculo que se contrae como método de defensa ante la amenaza flagrante de esa herida culiada que te abre la puta carne y, una vez que el cuchillo sale, te deja expuesto, vulnerable, indefenso y agueonado, tirado al medio del callejón Ovalle, justo en la curva donde siempre chocan, donde se balean, donde atropellan, sin poder moverte para escapar del golpe de gracia que, en tiempos de micros amarillas, una metrobus 78 - cómo corrían esos infames - te hubiera dado para rematarte, no sin antes decirte en el letrero del parabrisas:
"Conocí a alguien, Hans"


domingo, 24 de julio de 2016

Detalles de una meada


Cuando entré al baño fue como regresar unos 18 o 19 o 20 años, incluso, en el tiempo. El olor era el mismo. Ese hedor a meados infanto-juveniles que tenía el baño del colegio de Cerro Navia (hasta donde llegué para hacer fotos de los haitianos que se instruyen en el castellano-chileno) me transportó a cuando estudiaba en el adventista, en La Caro, cuando aún no remodelaban el colegio y en el baño nosotros decíamos que andaban duendes. Éste baño era más chico, eso si, bastante. Era más iluminado y con el piso menos mojado, pero el olor era igual. Me miré al espejo y leí justo a la altura de la nariz: "Loz Peluzoneh" y no dudé en los profesores de lenguaje, pero si admiré la capacidad casi divina de los pendejos actuales por mantener el respeto ante sus pares, escribiendo como las reverendas pelotas. Entré en el tercer baño (y último) y encontré un clásico, con plumón azul y dibujado: "PICO PAL QUE LEE"
Mientras meaba, despachando el té que la Maca me había servido hirviendo en vaso de plumavit y que me quemó la punta de la lengua, miraba a la derecha, y otra vez "loz peluzoneh" y a la izquierda, un número de teléfono con un nombre irreproducible que decía: "lo chupa rico" 
No logré recordar si en mi colegio, en el cuál, todas las mañanas nos hacían cantar el mismo repertorio: "Mi ángel blanco que me protege, me lo ha mandado mi buen Jesús" seguido por el de melancólica melodía: "Jesusito de mi vida, fuiste niño como yo, por eso te quiero tanto, y te doy mi corazón" habían mensajes tan explícitos como el del número telefónico con tan animada sugerencia. Debe haberlos habido, pero no con número, pues, en esos años, con suerte tu papá tenía un Nokia que pesaba casi lo mismo que uno y se lo colgaban al cinturón. De teléfonos, cuando yo era chico, ni hablar. 
Lo que si recordé, también, fue la patada de mi compadre a la puerta de uno de los baños y la cabeza del que estaba adentro, rota, sangrando. Cagazo. Tanto así que, cada vez que hay una junta, todos ríen hasta acordarse de eso. Cómo si estuviera pasando, todos bajamos la voz y lamentamos. 
Un weon que cagaba (¿cagaba o sólo estaba encerrado adentro del baño?) y terminó con la cabeza rota por que otro pateó con fuerza la puerta y se la incrustó en el mate. 
Volví a mirarme al espejo y loz peluzoneh seguían ahí, pero más a la derecha, por que, de adrede, me lavé las manos en la última llave, para no volver a tener a esos pelotudos frente a mi cara.

Delirio


Yo creo, mamá, que deberías estar aquí ahora porque, al parecer, viene la fiebre y, según lo estoy viendo, la aplanadora querrá pasar por encima por haber cortado la flor.
Sí, me duele el cuerpo como si me hubieran dado una paliza, pero una de verdad, no como esa mierda que una vez alguien, y de a dos, más encima, creyó darme, cuando me siguieron en una moto para pegarme por haber estado con mi, en ese entonces, ex, conversando donde una vez vimos pasar un búho, y sí, conversábamos. Después de habernos intentado follar, cierto, pero fallamos por la buena enseñanza que ambos tuvimos. No creímos correcto hacerlo, no por haber puesto fin a una relación, sino más bien por el triste derecho de seres monógamos con sentimientos de culpa por un tercero que pudo salir herido. Y salí herido yo. 
Pero la risa me abunda porque, mientras más pedía explicaciones, más se enojaba y menos pegaba y más se enojaba y menos sabía pegar. 
Sabrán mi estatura, todos quienes me conocen, o la calculan. Este amigo era, en proximidades calculadas al ojo, unos treinta centímetros más que yo, y pegaba como el pendejo de quinto básico que me hacía bulling cuando yo iba en octavo. Sí, algo menos que un charchazo tuyo, mamá. 
¿En serio un tipo de más de uno noventa puede pegar como un infante? Sí, en serio, y lo conocí porque, como yo en ese tiempo, vivía en Paine y su nueva polola volvía donde su antiguo pololo. Qué pecado, ¿no? 
Qué diversión aquellos días cuando ya las crisis se habían ido y yo podía salir nuevamente, aunque llegara golpeado.
El dolor no pasa y sigo sin poder dormir. Tengo el cuerpo caliente, las piernas pesadas y el pecho apretado. Por la tarde creí en un cierto delirio, algo mesiánico, algo salmista, por los paisajes que imaginaba mientras miraba uno de los tantos cuadros de caballos que hay en esta casa. Si alguien quiere hacer un regalo a mi abuela, traiga algo referente a caballos y tendrá una buena acogida en esta casa que es una especie de paraíso terrenal, rodeada de poblaciones llenas de narcos pelientos que no le ganan a nadie y angustiados que te dan ganas de darle un abrazo por lo miserables que son. 
Los caballos toman agua, son dos, y el cielo es celeste pintando a amarillo, como simulando un atardecer pero, claramente el pintor no era muy bueno porque, según la luminosidad del resto del cuadro, se diría que es a medio día, o a lo más a las dos de la tarde, no un amanecer. Y sentía como el viento movía las hojas de los árboles y hasta el sabor del agua que tomaban los caballos. Mi tata, afuera de su pieza, hablaba del señor o algo así, creo haber escuchado que hablaría de cuando se fue al cielo y recitó ese versículo de "en la casa de mi padre muchas moradas hay" y lo que continúa, pero los caballos me importaban más porque estaban en un paisaje como los que se me ocurren desde cabro chico que habían donde ese miserable de David tocaba una arpa y cantaba en hebreo cantos para calmar los demonios de otro miserable llamado Saúl. Qué tipos, mamá. Y ahora le hacen series en el te ve ene. Pero Moises está que arde, muy bien hecha.
Volviendo a los caballos, el dolor no pasó y quiero, y esto es en serio, dormir. Tengo hambre. Hoy comí dos panes y tres tazas de te. O cuatro. 
Me duele el pelo. 
Me duele la piel. 
Tengo un calor de puta madre y, al parecer, todo indica que vendrá la aplanadora y tú no estarás para despertarme del delirio.
Pero me da frío. Tal vez la aplanadora no pase y no escuche a lo lejos que mi tía Claudia me llama, como cuando deliraba por la fiebre cuando chico. Cuando el papel mural de la pieza me dibujaba distintas formas y hasta la pequeña Lulú aparecía saltando entre las flores dibujadas en el papel.
Ya será mañana.
Hace un hambre de mierda.