miércoles, 17 de agosto de 2016

Caducidad


Fue un día martes, si mal no recuerdo, cuando se fue caminando por Moneda hasta Brasil para esperar la micro que lo llevaba a la población donde ha vivido desde cabro chico. Miró la cajetilla de cigarros pero la guardó sin sacar uno. Probablemente - como varios que he conocido - sufre ese puto problema estomacal, unas ganas de cagar que te cagas, al fumar muy temprano por la mañana.
Llevaba el Putas Asesinas de Bolaño en la mano derecha, bien protegido por el puño apretando las tapas que se veían originales, y la firme decisión de verla nuevamente una vez que ella regresara del viaje.
Norteamérica está a una cantidad considerable de miles de kilómetros. No menor para alguien que sólo ha viajado una vez en un avión comercial, pagado por la empresa a la que le trabajaba cuando volvía del terremoto en Iquique, con una cámara de fotos y ni la mas remota idea de la historia que dibujaría tras salir esa mañana, sin voltear, prefiriendo darle los ojos al gato antes que a ella y cerrando de sopetón la puerta con el 915 clavado en la parte de arriba.
Siempre le gustó - aunque nunca se lo dijo, respetando el pacto de no sensibilizar las reuniones con emociones que, perfectamente podían haber sido sólo un espejismo producido por la excitación de cada encuentro - cuando ella le pedía caricias protectoras y se acostaba en su pecho buscando la mano que le acariciara el pelo. Siempre le gustaron sus lentes. Nunca le gustó la sucraloza - esa mierda echa a perder cualquier taza de té, por muy barato que éste sea, sépanlo - pero siempre se compensaba con un "¿veamos una serie?" que, era bien sabido, nunca llegaban a la mitad de algún capítulo.
Decidió verla, sí, una vez más cuando el viaje terminara y regresara a los parajes de mierda que tiene Santiago cerca del Liceo de Aplicación. Esas veredas de cemento levantadas por las raíces de los árboles que, a duras penas sobreviven entre lacrimógenas y bombas molotov de la revolución - o idea de revolución - que algunos tienen pero que nunca llega y el ataque masivo de autos, motos, micros, putas, putos con tetas, meados de borrachos y una que otra pelea a botellazos y golletes. Nadie sobrevive mucho tiempo.
La historia tampoco.
Tenían fecha de caducidad y ambos lo sabían.
Nada bueno podía salir de ahí. Nada bueno caduca. Nada con un bien como fin, termina.
Contra todo pronóstico, seamos sinceros desde la guata, hablando de esas verdades que son como vómitos explosivos, de esos que salen sin aviso previo, resultaron ser buenos para sí.
Digo, a partir de esa vez donde, sin haberse sacado la ropa, subido hasta con zapatos en la cama, la miró nervioso y, tartamudeando, balbuceó un "entonces, ¿te gustó?".
Sí le gustaba, por supuesto pues, a decir verdad, nunca fue un cualquiera, un completo desconocido, incluso la primera vez, esa donde lo esperaron con pollo frito con la cama como mesa de comedor y él, nervioso, reía mirando a Juan Carlos Bodoque hablar de alguna cosa relacionada con el medioambiente.
Sí le gustaba. A decir verdad, le gustaba. Sentir que alguien se interesaba, y no nos veamos la suerte entre gitanos, parientito, a cualquiera le gusta, más aún cuando te acarician el pelo o te piden un masaje en la espalda después de follar como si el mundo se estuviera acabando y no hubiera más alternativa que follar para terminar la vida en un orgasmo y no en un lamento. Se gustaban sin ropa, con poca ropa o vestidos para salir a madrugar en el invierno frío y seco de la ciudad que los albergaba. Se gustaban a cada beso con los labios resecos después de acabar.
A él le gustaba como ella miraba por entre los cristales de sus lentes. Le gustaba verla caminar al baño sin ropa, con ese metro ochenta y tantos, con un movimiento de culo que nunca fue capaz de explicar pero - y sigo con las verdades desde la guata - le encantaba. Le gustaba tanto ese modo de hablar tan pituco, tan resuelto, que cada vez que podía, daba una llamada por teléfono para gozarse al escucharla al otro lado de la línea.
Cuando ella, alcanzando el orgasmo, los orgasmos - otra cosa que a él le encantaba en ella, era esa virtud con la que alcanzaba orgasmos, uno tras otro, tres o cuatro en una misma vez - movía sus dedos dibujando círculos en su espalda, él imaginaba que lo estaban dibujando, pieza por pieza, vértebra por vértebra, hueso a hueso. Que lo iban armando. Algo así como una reconstrucción del espíritu que partía por la espalda. Por el hombro izquierdo. Pasaba por el cuello dibujando círculos, por el pelo, volvía a la espalda, bajaba al culo pálido y lampiño de él, subía otra vez al pelo, y terminaba, como punto final, con un apretón en algún lugar que, ya por estos días, cuesta recordar si era espalda, hombros, cuello o poto. Le gustaban esos gemidos a boca abierta. Le gustaba tirar el pelo de la nuca porque ella le había contado, confidencialmente, que eso la llevaba a un estado de placer poco experimentado por el resto del mundo y, la sinceridad se agradecía con un mechoneo. Eso sí, no era a cada momento y él lo sabía y lo supo, no sabe como, desde siempre. Habían momentos.
Casi una estructuración entre morder, mechonear, apretar el culo, volver a morder, volver al culo y lamer todo lo que se pudiera lamer y volver a la nuca con el puño firmemente cerrado mientras, firmemente se acariciaban en lo profundo.
Siempre le gustaron las flores dibujadas en su brazo y, cada vez que podía, las besaba con una ternura casi infantil que le remecía las entrañas a medida que, con los labios, iba acariciando el dibujo de ese antebrazo.
Sabiendo lo poco que quedaba para el viaje, comenzó, como en un juego, a mandar extractos de canciones que sabía que eran del gusto de ella. No quería escribir "que te vaya bien, te voy a extrañar, te estaré esperando" porque nada había sido así. No debía, entonces, caer en literalismos pérfidos.
No quería.
(El viaje fue por una cuestión que no es necesario explicar, no se necesita para contar esta historia, aunque, si se me permite, fue por fuerzas irrefutables a las cuales no se podía ni debía negar aunque quisiera.)
Un mes.

La espera terminaba cuando, por el teléfono, en un mensaje de texto, después de preguntar cómo estaba, recibía la noticia de que ya andaba en estos parajes de mierda. Santiago, nuevamente.
Fue su primera puñalada, ¿saben?
De pendejo anduvo metido en algunos problemas de pendejos que lo tuvieron con un cañón de nueve milímetros en la cabeza, otras, con choferes de micros, exasperados por los rayados a la máquina, persiguiéndolo con palos por Departamental cuando aún no existía el corredor para el Transantiago y, otras veces, con lumazos en el culo, cortesía de pacos culiados. Pero nada duele como una puñalada.
Ese ardor maricón y que quema a medida que avanza abriéndote la piel, capa por capa, hiriendo las entrañas y desgarrando el músculo que se contrae como método de defensa ante la amenaza flagrante de esa herida culiada que te abre la puta carne y, una vez que el cuchillo sale, te deja expuesto, vulnerable, indefenso y agueonado, tirado al medio del callejón Ovalle, justo en la curva donde siempre chocan, donde se balean, donde atropellan, sin poder moverte para escapar del golpe de gracia que, en tiempos de micros amarillas, una metrobus 78 - cómo corrían esos infames - te hubiera dado para rematarte, no sin antes decirte en el letrero del parabrisas:
"Conocí a alguien, Hans"


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