domingo, 24 de julio de 2016

Delirio


Yo creo, mamá, que deberías estar aquí ahora porque, al parecer, viene la fiebre y, según lo estoy viendo, la aplanadora querrá pasar por encima por haber cortado la flor.
Sí, me duele el cuerpo como si me hubieran dado una paliza, pero una de verdad, no como esa mierda que una vez alguien, y de a dos, más encima, creyó darme, cuando me siguieron en una moto para pegarme por haber estado con mi, en ese entonces, ex, conversando donde una vez vimos pasar un búho, y sí, conversábamos. Después de habernos intentado follar, cierto, pero fallamos por la buena enseñanza que ambos tuvimos. No creímos correcto hacerlo, no por haber puesto fin a una relación, sino más bien por el triste derecho de seres monógamos con sentimientos de culpa por un tercero que pudo salir herido. Y salí herido yo. 
Pero la risa me abunda porque, mientras más pedía explicaciones, más se enojaba y menos pegaba y más se enojaba y menos sabía pegar. 
Sabrán mi estatura, todos quienes me conocen, o la calculan. Este amigo era, en proximidades calculadas al ojo, unos treinta centímetros más que yo, y pegaba como el pendejo de quinto básico que me hacía bulling cuando yo iba en octavo. Sí, algo menos que un charchazo tuyo, mamá. 
¿En serio un tipo de más de uno noventa puede pegar como un infante? Sí, en serio, y lo conocí porque, como yo en ese tiempo, vivía en Paine y su nueva polola volvía donde su antiguo pololo. Qué pecado, ¿no? 
Qué diversión aquellos días cuando ya las crisis se habían ido y yo podía salir nuevamente, aunque llegara golpeado.
El dolor no pasa y sigo sin poder dormir. Tengo el cuerpo caliente, las piernas pesadas y el pecho apretado. Por la tarde creí en un cierto delirio, algo mesiánico, algo salmista, por los paisajes que imaginaba mientras miraba uno de los tantos cuadros de caballos que hay en esta casa. Si alguien quiere hacer un regalo a mi abuela, traiga algo referente a caballos y tendrá una buena acogida en esta casa que es una especie de paraíso terrenal, rodeada de poblaciones llenas de narcos pelientos que no le ganan a nadie y angustiados que te dan ganas de darle un abrazo por lo miserables que son. 
Los caballos toman agua, son dos, y el cielo es celeste pintando a amarillo, como simulando un atardecer pero, claramente el pintor no era muy bueno porque, según la luminosidad del resto del cuadro, se diría que es a medio día, o a lo más a las dos de la tarde, no un amanecer. Y sentía como el viento movía las hojas de los árboles y hasta el sabor del agua que tomaban los caballos. Mi tata, afuera de su pieza, hablaba del señor o algo así, creo haber escuchado que hablaría de cuando se fue al cielo y recitó ese versículo de "en la casa de mi padre muchas moradas hay" y lo que continúa, pero los caballos me importaban más porque estaban en un paisaje como los que se me ocurren desde cabro chico que habían donde ese miserable de David tocaba una arpa y cantaba en hebreo cantos para calmar los demonios de otro miserable llamado Saúl. Qué tipos, mamá. Y ahora le hacen series en el te ve ene. Pero Moises está que arde, muy bien hecha.
Volviendo a los caballos, el dolor no pasó y quiero, y esto es en serio, dormir. Tengo hambre. Hoy comí dos panes y tres tazas de te. O cuatro. 
Me duele el pelo. 
Me duele la piel. 
Tengo un calor de puta madre y, al parecer, todo indica que vendrá la aplanadora y tú no estarás para despertarme del delirio.
Pero me da frío. Tal vez la aplanadora no pase y no escuche a lo lejos que mi tía Claudia me llama, como cuando deliraba por la fiebre cuando chico. Cuando el papel mural de la pieza me dibujaba distintas formas y hasta la pequeña Lulú aparecía saltando entre las flores dibujadas en el papel.
Ya será mañana.
Hace un hambre de mierda.

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